DE UN LLAMADO CONTINUO A UNA RESPUESTA CONTINUA

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DE UN LLAMADO CONTINUO A UNA RESPUESTA CONTINUA

DE UN LLAMADO CONTINUO A UNA RESPUESTA CONTINUA

“Quien está dispuesto a morir por Cristo, está también dispuesto a vivir por Él”.

¡Hola! Mi nombre es Nery Adalberto Gómez Pérez, de la parroquia Santiago Apóstol de Lepaera, Lempira; estoy cursando actualmente IV de Teología, que equivale al noveno de los diez años formativos para recibir la ordenación sacerdotal. Y en esta ocasión, te comparto mi llamado vocacional, con la que puedes comprender una pequeña parte de lo que implica ésta aventura; y digo pequeña parte, ya que cada llamado vocacional es muy particular, pero enriquecedoras y unificadoras.

Mi llamado vocacional, lo podría resumir en la vocación del profeta Jeremías, concretamente en Jr 1, 5-9 y Jr 15, 16-20. En una primera parte, podría expresar que, soy el primero de 6 hijos y que el día en que nací, vine con complicaciones al tener enrollado a mi cuello el cordón umbilical; ante la diligente atención que la partera tuvo para con mi madre, ella recomendó la pronta presencia de un médico, porque no tendría tanto tiempo de vida a tal situación. Mientras venía en camino algún médico, mi madre oraba al Señor: “Dios, no te lleves por favor a mi hijo. Si Tú así lo quieres, te le ofrezco; pero no te lo lleves”. Al poco tiempo llegó una pareja de médicos, quienes son mis padrinos de bautismo, que lograron normalizar mi crítica situación.

Una vez, arrebatado de las garras de la muerte, crecí y con el pasar de los años ingresé a la escuela. Mis padres me llevaban al templo a la Misa Dominical, en donde conocí al párroco de ése tiempo, el padre Rolando Peña, a quien admiré y sigo haciendo, por su gran carisma; también me gustaba mucho participar durante la semana en las Asambleas, que son reuniones de familias en casas para compartir la Palabra de Dios. Estas dos experiencias en mi infancia me marcaron tanto que cuando estaba en segundo grado con apenas 7 años de edad, recuerdo bien que a todos les decía con entusiasmo que quería ser sacerdote. Pasó el tiempo y estando en sexto grado mantenía mi actitud de querer ser un sacerdote, y buscaba sumar más experiencias que fortalecieran tal inquietud, por lo que integré el grupo juvenil de mi barrio. Ingresé al colegio, y yo continuaba entusiasta con mi aspiración al sacerdocio ministerial, compañeros como maestros de tal época fueron testigos de mi permanencia a tal inquietud.

Al egresar los estudios de ciclo común en Lepaera, debía continuar estudiando el bachillerato para ingresar al Seminario Mayor, lugar donde se forman los sacerdotes, el sueño o respuesta a la inquietud que me movía desde temprana edad. Mi preferencia y la de mi familia era el estudiarlo en Santa Rosa de Copán, pero Dios nos dio un giro totalmente distinto, ya que a finales del 2003, ante el cambio de párroco en Lepaera, un sacerdote amigo le visitó y le puso al tanto de que en La Esperanza, Intibucá funcionaría como formación a los aspirantes al sacerdocio, ya que no había Seminario Menor en la Diócesis. Esa información, mi nuevo párroco el padre Esteban Guzmán me la hizo saber; dando por consecuencia que un 21 de enero de 2004 viajase hacia la ciudad del manto Blanco: La Esperanza, Intibucá, ciudad en la que estudié mis dos años de bachillerato ciencias y letras. En tal estadía y tiempo de formación, se unieron a mi aventura 8 jóvenes más, bajo la dirección del padre Amílcar Lara, quien se desgastó decididamente por el trabajo vicarial de la parroquia intibucana y por el nuestro.

Finalmente, para el año 2006, el sueño de ingresar al Seminario Mayor, ubicado en Tegucigalpa, se hizo realidad. Aunque, como anticipo, en el Encuentro Nacional de Compromiso fue una gran emoción conocer tal lugar en septiembre del 2005, más lo fue el ingresar en enero del 2006, siendo parte de los aceptados para tal formación, en la cual todos los años anteriores tanto había anhelado y me había preparado.

En ese primer año en el Seminario llamado Introductorio o Propedéutico, a la edad de 17 años, ingresamos 33 jóvenes de distintas partes de Honduras. Fue un año inolvidable, con experiencias muy únicas. El segundo año, la alegría era desbordante, y con entusiasmo continuaba con los afanes que los días demandaban integralmente, ya que son 4 áreas de equilibrio las que han de saber vivirse: Lo comunitario, lo espiritual, lo intelectual y lo pastoral. Así fue el tercer y cuarto año de ése periodo formativo, con la excepción que en ése cuarto año, yo caí en una crisis existencial y vocacional, que consultado durante la dirección espiritual que recibía, tomé la decisión y me lo recomendaron a la vez, de darme un tiempo fuera del Seminario Mayor para solucionar ciertas situaciones que me estabilizaban para continuar dando un sí. Es por ello que, al finalizar los primeros 4 años del Seminario, conocido como Ciclo Filosófico, egresé en el 2009. En tal egreso, pensé en madurar mi inquietud buscando conocer la experiencia del trabajo, de ayudar a la familia, e incluso de saber cómo era el tener un noviazgo, ya que en los años anteriores no tuve novia alguna.

En una segunda parte, puedo expresar que, ante tal egreso, 5 años estuve fuera del Seminario Mayor, logrando madurar las experiencias humanas, que como cabos sueltos consideraba tener. Logré trabajar, tener mi noviazgo, ayudar a mi familia, aportar a la sociedad, siendo maestro de secundaria, administrador de dos tiendas y administrador del canal de televisión local. Sin embargo, a pesar de tenerlo todo, sentía que no tenía nada a la vez; sí me sentía lleno, pero no lo suficiente con lo que hacía, en donde estaba y con quien estaba, considerando poder ofrecer más de mí hacia los demás. Es por ello que, después de dialogar con monseñor Darwin en 3 ocasiones, para contar con su aprobación al reincorporamiento de tal proceso formativo sacerdotal, por Gracia de Dios me abrió las puertas, iniciando en el 2015 mi ciclo Teológico, el cual en este año 2018 estoy finalizando, a la edad de 29 años. Sé que no soy el mejor de mi ciudad, sé que no soy la referencia para un trabajo extraordinario; pero también sé que el Señor si llama es porque en mi debilidad e imperfección algo requiere de mí, y me siento honrado de responder o decirle: “¡Sí!”, como María. Cf Lc 1,38 ó como Samuel: “Aquí estoy Señor”. El camino ha sido difícil, pero a la vez hermoso, problemas ha habido y los habrán; la clave es saber cómo y con quien enfrentarlos, y yo sé que no estoy solo en esta travesía, porque quien me ha llamado ha prometido acompañarme. Cf Ex 3,12; Jr 1,8.

Agradezco a todos los hermanos que han hecho posible, hasta al son de hoy, mi proceso formativo, tanto a mis familiares, amigos, hermanos en la fe, sacerdotes, religiosas y muchas personas de buena voluntad. Con mucho cariño doy gracias a Dios y oro por la bendición de aquellas comunidades que me han recibido en las distintas pastorales de mi vida en adviento como en semana santa; tengo la esperanza de volveros a ver. Cf 1Tes 1, 2-3. Mientras tanto, continúen orando para que surjan muchos sacerdotes, que tengan sed y hambre de ser santos como el Buen Pastor, quien llama a configurarse con Él.

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